Thursday, April 01, 2010

JODIDA KATE



Ricky miró a Kate y pensó esta es la mina más flaca en todo este jodido avión. De todos modos retiró el audífono de la oreja, la escuchó pacientemente y buscó después el paquete de Pepper Mint. Lo extendió con la abertura hacia la mano delgada de ella. Kate sacó tres chicles y se los metió en la boca. El avión dio una sacudida y Ricky tuvo que sujetar el bolso de mano antes de que se viniera al piso. Al laptop no le pasó nada. Siguió en posición, la espalda ancha de Frank congelada hacía medio minuto.

¡Maldita sea! Exclamó Ricky, no va a terminar nunca. Cogió el tarro de coca cola y se echó un trago. Se estaba entibiando. ¡Maldita sea! dijo Ricky otra vez y se puso a apretar botones, encendió la lamparita de lectura, apretó más botones; a poco apareció la azafata. Hablaba puro español. Ricky le pasó el tarro a medio vaciar mostrando que quería otra. La tipa se fue a buscarla, Ricky observó que tenía un trasero dos veces más grande que el de Kate. Cuando la cola volvió, la carnicería había recomenzado en la pantalla del laptop y Ricky y Kate estaban absorbidos en ella, comiendo unos bocadillos de jamón crudo con manteca, siameses colgados del auricular compartido. Cada uno escuchaba con una oreja. Frank y Johnny comenzaban a contar cadáveres propios y ajenos. Johnny estaba decepcionado; a este ritmo, gruñó, nos vamos a quedar sin muchachos antes de que se acabe esta semana. Ricky acarició la mano de Kate y ella le dio una mirada agradecida. Estando cogidos de la mano Ricky recordó que no se habían puesto HD3 así que detuvo a Frank y lo dejó congelado examinando la pistola un largo rato mientras buscaba la crema. Le la pasó el pote a Kate y ella se puso y después Ricky y luego estuvieron ambos esparciendo la crema cuidadosamente en sus manos de dedos delgados. Ricky debe haber pesado 60 quilos, Kate, 45. Lo que es Johnny pesaría mínimo 95 quilos y del peso de Frank mejor ni hablar. Kate puso en marcha el laptop lo que reanimó significativamente a Frank y hasta lo puso sentimental. Esta pistola es un regalo de mi padre, comentó, con ella acribilló al legendario Jerry “Fat” Scangagoglio, en 1943.

- ¿Scanga qué? –preguntó Johnny.

Scangagoglio, contestó Frank, mi padre se lo cargó el 43, en Detroit. Ocurre que Scangagoglio estaba tratando de retener a los trabajadores de Detroit y meterlos a todos en su sindicato. Mi padre entró a su oficina y le pegó tres tiros, delante de todo el mundo. Eso hace un buen americano.

¡Carajos! Exclamó Ricky pero Kate no le escuchó. Estaba demasiado absorta siguiendo los pormenores en la pantalla del laptop. Johnny y Frank estaban empeñados en una partida de póquer con gente del clan de los Rebolledos. Frank se ve joven y tiene dos reyes, Johnny se ve joven y tiene un as y un siete. Los Rebolledos tienen una ancha sonrisa mexicana y les importa un cuerno verse jóvenes o no. Mucho menos les importa mirar sus cartas. El quinto hombre a la mesa, un mulato con pinta de clarinetista de jazz, reparte una carta más por nunca y luego entra en un estado de somnolencia, los ojos cerrados, el cigarrillo apenas pendiendo de sus labios como si estuviera apagado, el rostro ceniciento escondido debajo del sombrero. Uno de los Rebolledos, Juanito, adelanta un fajo de mil dólares. El otro Rebolledo, Manolo, le sigue. Los Rebolledos juegan a ciegas. A mitad de la mano todavía no han visto sus cartas. A Frank le dan ganas de sacar el revólver. Se decide a empujar hacia el centro de la mesa otro fajo de billetes. Johnny le sigue. Sobre la mesa hay ahora 16 fajos iguales con diez billetes de cien dólares cada uno. Frank mira su tercera carta. Ahora hay tres reyes juntos el uno al lado del otro como si fueran todos hijos de una misma madre. Johnny tiene un as y dos sietes. Los Rebolledos no saben lo que tienen pero siguen sonriendo como si tuvieran tres ases cada uno. Kate congela la partida y pregunta por enésima vez a Ricky cómo es que los chicanos no miran nunca sus cartas. Juegan póquer al modo de Detroit, sostiene Ricky, y como ella no dice nada, agrega: las escalas no valen, cinco colores de la misma pinta tampoco. Lo más que se puede juntar son cuatro ases. Si, insiste Kate, ¿pero porqué los mexicanos no miran sus cartas?

The Rebolledos brothers – Ricky imita ahora la voz de Johnny - don´t check their fucking cards because they are a punch of mother fuckers, that´s why!

Ah, dice Kate, satisfecha y echa a correr el laptop.

El mulato con facha de clarinetista (si es que un tío realmente puede tener facha de clarinetista) se despierta sobresaltado. En silencio, da una chupada y la brasa del cigarrillo se ilumina de un color naranja tirando para rojo, entonces reparte una carta más a cada quien. Frank recibe un ocho de corazón, una carta muy mala para uno que aspira a llevarse los fajos de arriba de la mesa. Johnny recibe un seis. Los Rebolledos actúan como si estuvieran drogados. Manolo se ríe y sube las apuestas con dos fajos más. Juanito le sigue. Johnny le sigue. Frank mira los fajos de billetes durante sesenta jodidos segundos. Parece una eternidad. Frank parece un zombie. El mulato parece una estatua de cera, un objeto arrumbado en el rincón más sucio del desván de un museo de personalidades de Paris representando un mulato con pinta de músico de jazz que redondea sus ingresos repartiendo cartas en juegos de póquer a la manera de Detroit. Todo parece muy jodio, a decir verdad, como una dueña de casa que se le acaba de quemar la comida con una docena de invitados sentados a la mesa. Frank espera un poco más y después se saca el sombrero y lo pone encima de la mesa, saca un pañuelo de color verde y se seca el sudor de la nuca. Los Rebolledos miran como si nunca en su vida hubieran visto a un tipo con sombrero que saca un pañuelo verde para secarse el sudor. Johnny sabe ahora que Frank tiene tres reyes. Frank dice voy y pone dos mil dólares en el pozo.

-No había quinta carta – explicará más tarde Ricky arriba del bus que los lleva desde Barajas al centro de la ciudad, Las reglas de póquer del jodido Detroit dicen que no es necesario dar más de cuatro cartas visto que ni los colores ni las escalas cuentan.

Entonces Frank da vuelta sus cartas y deja descubierto los tres reyes. Johnny no muestra carta alguna. Los Rebolledos siguen con sus cartas intactas arriba de la mesa. Frank extiende una mano para coger uno de los fajos de billetes y antes de que los hermanos Rebolledos hagan una movida Johnny ya tiene el revólver en la mano. El mulato ha vuelto a su estado de somnolencia y no dice esta boca es mía. Juanito Rebolledo sonríe pero su hermano Manolo está pálido de ira. Frank da vuelta las cartas de Juanito; hay un par de damas, un siete y un as. Frank da vuelta las cartas de Johnny y por allí aparece el segundo as. Ahora todos saben, menos Kate y el mulato con cara de clarinetista que anda vagando por otro planeta, que Frank ganó y que el menor de los Rebolledos a lo más podrá tener un trío de menos valor que los tres reyes de Frank.

La escena en la pantalla del laptop se va para otro lado. Ricky se da cuenta que esa escena ocurrió hace años atrás y que fue así como empezó la rivalidad entre Johnny y los Rebolledos, el declive de éstos y el ascenso de Johnny y Frank.

¡Carajos! Exclamó Ricky pero Kate no le escuchó. Sigue demasiado absorta los pormenores que se desarrollan en la pantalla del laptop. Johnny, sentado frente a un enorme plato de tallarines con boloñesa propone a Frank pedir una tregua a los Rebolledos. Frank opina que con esos puertorriqueños hijos de putas no se puede negociar. Chicanos, dice Johnny. Con esos chicanos hijos de putas no se puede negociar se corrige Frank. Y hasta allí llega Frank, obeso y pesado, canoso, de respirar hondo e inquieto. Kate lo detiene rozando apenas el teclado con un dedo. ¿Qué pasa ahora? Dice Ricky. Voy a pasar al lavabo dice Kate y salta por encima de las piernas de Ricky y se posa en el pasillo del avión. Ricky observa que ella va descalza y piensa que Frank tiene razón. Mejor no negociar con esos pistoleros latinos, chicanos o lo que sea. Luego saca un cambucho de chocolates y una revista del bolso y prueba un chocolate y después otro. Le quedan los dedos sucios. Cuidadosamente retira del bolso una loción de Hugo Boss y se enjuaga las manos. Mira a Frank, que ha enmudecido en medio de su negativa a hacer pactos con los Rebolledos. Frank sigue con la misma testarudez de hace dos minutos atrás. Ricky sigue esperando a Kate que parece que fue al baño. Abre la revista y la hojea. Con un ojo vigila a Frank, con el otro la revista. Hay una foto con la tumba de Dante en Rávena. En la página siguiente hay una foto de una muchacha y Frank sigue inmóvil. La chica es flaca como Kate, pero se ve más espigada y bonita, como una Kate retocada y muestra un hombro y una rodilla y lo demás va cubierto por un chaleco de lana (igual a uno que Ricky tiene en su casa) y esta Jodida Kate posa para una marca de relojes. Tiene la impresión que Frank acaba de mover un brazo en la pantalla del laptop. Llega Kate y trepa de nuevo sobre sus piernas y ocupa otra vez su asiento. Ricky está conforme con esta Kate. La Kate de la revista va a dar al piso y se queda tirada allí por el resto del viaje.

Se colocan los auriculares y ponen en marcha al laptop. Un Frank reanimado retoma la frase interrumpida y pronto llega la escena en que Frank levanta el fono y habla con un tipo, quizá con Johnny, y dice “cómo pudiste hacer esa cagada” y después se ve a Johnny en la cabina telefónica en una ciudad cualquiera hablando con alguien, a lo mejor es Frank, y dice “mejor te llamo mañana= y mientras tanto que Kate coge los tres últimos chicles del fondo de la bolsa y se los pone en la boca hay un tipo con cara de cubano de Miami que se acerca sin apuro a la cabina de Johnny. Ricky masca su chicle como un alienado, Frank deja el fono y se enjuaga el sudor de la frente con un pañuelo verde (que aunque no crean parece ser el pañuelo de hace treinta años atrás) y Johnny abre la puerta de la cabina y se apresta a salir. Entonces el cubano adelanta un paso y le da el primer tiro. Después se acomoda un poco para atrás como para ver mejor el efecto de su tiro. Johnny echa mano de su revólver y le da un tiro al cubano que resulta ser un pistolero sumamente lento y flojo. De todas maneras le grita gringo concha de tu madre a Johnny y Johnny hace a su vez algunos comentarios desfavorables sobre la madre del cubano y, ya conformes los dos con la parte de los insultos, se dan un tiro más cada uno, con harta parsimonia, como si en vez de un duelo entre pistoleros se hubieran topado en los cuartos de final de un abierto de ajedrez.

Ricky desea tener una cola helada pero la única que tiene está a temperatura ambiente. Está seguro de que por menos Frank se habría referido en términos poco caballerosos a la mitad de los habitantes de Detroit o de cualquier agujero para ratas en Oklahoma City. Va a llamar a la azafata cuando el capitán abre el jodido micrófono y anuncia a la jodida tripulación de la nave que comiencen a prepararse para el jodido descenso y aterrizaje en el aeropuerto de Madrid en 10 jodidos minutos más y que la temperatura local es de 22 grados.

La azafata avanza por el pasillo con cara de perros retirando vasos de plástico y tarros vacíos de coca cola. Kate congela a Johnny y al cubano que están felices dándose tiros y cierra el laptop. Las mesas se recogen. Los asientos se ponen en posición vertical. Ricky cierra los ojos y se coge de la mano de Kate. Odia los aterrizajes. Kate sonríe, feliz de la vida. Él se siente más tranquilo, jodida Kate.

Oscar Bravo Tesseo

2 Comments:

Anonymous John said...

Hola:

Solo para dejar una protesta por las mentiras que se propalan en el relato Jodida Kate. Niego absolutamente haberme agarrado a balazos con ningún cubano ni similar, tampoco con personas de otras nacionalidades.

A lo más, alguna vez le he disparado con un rifle a postones a algún chincol y sin apuntarle.

Johnny

12:31 PM  
Anonymous Kate said...

Hi!

It is not true that I´m working in the model area. I am not a model and I deny all what is said about me in your blog.

Sincerely your,

KATE

12:34 PM  

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