Friday, February 01, 2008

TE VI

Te vi cuando entraste a la Escuela de Derecho, el primer día de clases. Tu belleza no era de este mundo, ni tu forma de vestir y de desplazarte. Subiste ágilmente la escalinata, confundiéndote en seguida entre los alumnos. Debí comprender de inmediato que había presenciado un hecho extraordinario, una aparición virginal, como aquellas ingenuas historias que mi madre me contaba en mi infancia, sólo que, me enteré después, no eras mensajera de ningún dios, ni de la paz ni del amor. En esa semana te vi, fugazmente, otras dos veces, sin encontrar la forma de acercarme a ti. El lunes de la semana siguiente llegué muy temprano a la Escuela, decidido a hablarte como diera lugar. Esperé media hora en la entrada del edificio y luego cambié súbitamente de actitud: nada ni nadie debía hacerme cambiar mis planes. (“Te vi./ juntabas margaritas del mantel/ ya sé que te traté bastante mal/ no sé si eras un ángel o un rubí/ o simplemente te vi”).te vi

(“Ser o no ser: esta es la cuestión (…) morir, dormir, nada más y, con un sueño, decir que acabamos el sufrimiento del corazón y los mil golpes naturales que son herencia de la carne. Esa es una consumación piadosamente deseable: morir, dormir, quizás soñar”). Había esperado con ansias este día. Volvía a la Universidad para retomar mis estudios interrumpidos un año y medio antes, cuando cursaba tercer año de derecho. El inesperado fallecimiento de mi padre dejó a mi madre y a mis hermanos menores en una dramática situación económica, que me obligó a buscar trabajo. Un amigo de mi padre me puso al frente de algunos de sus negocios en provincia. Contento con mi desempeño, mi padrino decidió comprar un restaurante en Pio Nono y dejarlo bajo mi administración, a condición que volviera a la Escuela. Cuando estuve solo lloré, sin entender porqué. Me había jurado a mi mismo dedicar toda mi atención a mis estudios y a mi trabajo, para asegurar el éxito de ambas empresas.

Ingresé rápidamente a la Escuela y me dirigí al casino. Pedí un café y un sandwich. Quería comer no porque tuviera hambre, sino porque me pareció que no hay nada más ajeno al encantamiento que comer pan con queso. Necesitaba habitar la realidad. Sin embargo, inesperadamente, volví a verte. Entraste al casino, estábamos solos, ni siquiera la mesonera se acercó para atenderte. Te sentaste a mi lado, nos sonreímos como dos inocentes. Me dijiste un par de frases que olvidé o no entendí y me invitaste a tu casa. Vivías en el centro, anoté tu dirección y te despediste. Me quedé pensando que nunca llegas ni te vas, solo sabes aparecer y desaparecer… No se bien en que momento empecé a soñar, puesto que había manifestado interés en conocerte, me dejaste la opción de visitarte en tu casa. (“¿Qué es la vida? Un frenesí. /¿Qué es la vida? Una ilusión,/una sombra, una ficción,/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño,/y los sueños, sueños son.”)

Encontré abierto el portón de la casa. Al interior vi un automóvil antiguo y a la derecha otra puerta, esta vez de la casa, también abierta. Toque el timbre varias veces sin que nadie saliera a recibirme. Me quedé en el umbral sin atreverme a entrar. Mientras me mantuve expectante pasaron por mi mente las ideas más obvias y las más estrafalarias. Una mujer madura se asustó al verme, y me sometió a un urgente interrogatorio: ¿quién soy?, ¿que hago aquí?, ¿porqué esta abierto el portón? Cuando pudimos explicarnos supe que era María y que cuidaba a un anciano enfermo y que ambos eran los únicos ocupantes de la casa. Allí no vivía ninguna estudiante universitaria. Mi relato debió tener algún detalle que neutralizó la incredulidad de la mujer. Me hizo pasar al interior, me ofreció asiento en el living y me pidió esperarla. Subió al segundo piso y cuando volvió traía una fotografía. Era ella. Estaba angustiado, esperaba lo peor. “Es Mercedes, la hija de don Alberto, pero…, su voz era apenas audible- ella y su madre fallecieron en un accidente automovilístico hace diez años… Lo más probable es que se trate de una lamentable confusión”. Repasé mil veces cada detalle de mis visiones de la muchacha y de mi conversación con ella, no encontré testigos que la hubieran visto o tratado en la Escuela. La chica del casino no recordó haberme visto conversar con ella ese lunes. Estaba también lo de las puertas. María sostuvo que nunca olvidó cerrarlas al salir. (“Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo”.) Y sin embargo te ví… y conversé contigo … y llegué a tu casa. Si todo eso pudo ocurrir, por tu voluntad o lo que sea, entonces… esperaré.

1 Comments:

Blogger esteban lob said...

¡Notable cuento!... ¿O te pasó de verdad?

2:43 AM  

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