Tuesday, September 09, 2008

UTAMARA, EL MUSICO


Oscar Bravo Tesseo)

Ignoro que afrenta le había hecho Utamara al Alemán o a su hijo y tampoco me interesó averiguarla. Me dieron las instrucciones; el padre siempre calmo y tiritón, como si se fuera a morir en cualquier momento; el hijo, pesado e insolente, interrumpía a cada rato a su progenitor. Tenía la manía de rascarse el fondillo del pantalón, disimuladamente. Con gusto habría aceptado un contrato para liquidarlo a él. Sin embargo, uno de ellos, el padre o el hijo insoportable, había depositado dinero en mi cuenta, no mucho, apenas lo suficiente para poner el encargo en marcha. Dos días después llamé a Khaled y a Radko y coincidimos los tres, a las siete de la tarde, en un restaurant de Gamla Stan por el cual el serbio tiene apego especial, supongo que tiene metido dinero o trabajó allí cuando recien había llegado a Estocolmo.

Hablábamos siempre, las raras veces en que nos juntábamos los tres reclamados por algún encargo, sobre nuestros primeros tiempos en Estocolmo. Nos conocimos en mil novecientos ochenta, en un curso de sueco para emigrantes. Hacer recuerdos nos permitía averiguar algo del presente, sin perder la discreción que exige este negocio. Está claro que ninguno de nosotros perdería el tiempo hablando de trabajos mal pagados que alguna vez hicimos o de minas con las que uno se acostó cuando joven, si es que no venía dispuesto ahora a correr nuevos riesgos.

Comimos algo caliente, unos fritos de carne de cordero molida y puré de papas que recomendó Radko, ensalada mixta, queso y un par de botellas de tinto de La Rioja. Cuando llegamos al café puse dos sobres con dinero encima de la mesa. Khaled ojeó el suyo de inmediato, Radko guardó el suyo sin abrirlo en el bolsillo de la chaqueta. Preguntaron después un par de cosas. Es en una casa, cerca de Bromma, dije yo y les di una dirección. ¿Y son cuantos? volvió a preguntar Radko. Es un solo tío, dije yo, puede que esté allí con una hembra. -¿Y si está, qué? preguntaron otra vez. A ella la dejamos en paz, mira que el Alemán no paga por extras. Terminamos nuestros cafés. Radko llamó al mozo, un compatriota suyo, le pasó tres billetes de quinientas coronas cada uno y le dijo que no trajera vuelto. El mozo le dió la mano y un minuto después apareció con un par de botellas de Slivovitza, muy mal disimuladas, en una bolsa de papel. "Esto para después", informó Radko, lacónicamente.

Salimos a la calle. Le pregunté a Khaled en que sitio había aparcado el Mercedes. Me contestó, algo azorado, que había venido en bicicleta. –“¡En bicicleta!” dije yo. –“Es que aquí está lleno de drogos, van y te rompen los vidrios del auto para ver si hay algo que robar”, se excusó Khaled. Miré a Radko: éste se levantó de hombros, sacó el celular y se dispuso a llamar. –“No podemos ir a matar a un tío en taxi, Radko”, dije yo, “la mitad de los taxistas se entienden con la policía y usan cámaras de video y te dejan grabada tu linda facha”.

Decidí que Radko y yo, en metro, pasáramos a buscar el Peugot y que Khaled se fuera en bicicleta y nos esperara en la dirección que les había dado. Lo dejamos en la puerta del restaurant, maldiciendo en su idioma materno al candado de la bicicleta, que no por eso pensaba ceder. Khaled era hombre de pocas palabras, casi todas de la cintura para abajo.

Radko y yo llegamos a Bromma una hora más tarde. Encontramos el lugar sin dificultad: una casa de cemento de buena construcción, de dos pisos, amplia, con antejardín, plantas, césped, árboles frutales, un buen poco de sitio detrás de la casa, todo bien cuidado. Pensé que seguramente había una terraza atrás y un gran balcón, en el segundo piso, en donde el japonés se sentaría a mediodía a tomar café con leche o a comer sushi.

Dimos la vuelta a la manzana buscando a Khaled y después aparcamos en la calle, a prudente distancia de la casa. Estuvimos esperando sentados en el Peugot, por si llegaba Khaled. La casa se veía bien iluminada. En un momento Radko me tocó el hombro y me pidió que bajara el volumen del equipo, en lo mejor del tema Casta Diva interpretada por Angela Gheorghiu. Bajé el volumen y abrí la ventanilla. Llegaban ruidos de fiesta proviniendo de la casa de Utamara, no de la casa de al lado, ni de la de más allá. Radko comentó que no se había fijado bien pero que le parecía haber visto una bicicleta encadenada a un poste de luz, cerca de la esquina, idéntica a la de Khaled, cuando estabamos dando la vuelta a la manzana en el Peugot. Después volví a subir el volúmen del equipo y Radko me preguntó qué música era esa. Le dije que era la opera Norma, de Bellini. Por molestar, sostuvo haber escuchado a Shakira, por la radio, cantando la misma canción. Estabamos en eso, cuando apareció el auto y de el bajaron tres o cuatro minas que iban vestidas como si se hubieran arrancado del desfile anual del pride festival. Radko y yo nos quedamos secos. Riendo y bromeando entre ellas -con ese estilo bien despelotado de las suecas cuando tienen que andar en tacos altos -entraron en la casa que supuestamente estábamos vigilando. Radko afirmó ahora no había duda alguna de que la música que habíamos oído momentos antes, pop-rock aseguró que era, provenía de la casa de Utamara. –“Quizás la que canta es Shakira”, sugerí yo.

Decidimos avanzar hasta la entrada de la casa y llamar. La verdad es que nadie nos dió pelota. Nadie salió a abrir. Estábamos parados delante de la reja semiabierta, como un par de vendedores de aspiradoras llegados a la peor hora. Viendo que yo estaba desconcertado, Radko empujó la reja de fierro con una mano y después me empujó a mi, hacia adelante, con la otra. Cruzamos entonces en diagonal hacia la puerta de la casa y, al pasar delante de un ventanal panorámico, vimos nada menos que a Khaled, de lo más instalado, parado al lado de un bar lleno de botellas y baldes de hielo, con una copa en la mano, conversando con una rubia platinada, de vestido y zapatos dorados, que estaba de comérsela con vestido, zapatos y todo. Radko admitió ahora que la bicicleta que le había parecido ver antes probablemente era la de Khaled.

En ese momento, desde la calle a nuestras espaldas, llegó un seleccionado olímpico de chicas vestidas de fiesta. Caí en cuenta de que venían disfrazadas, y que las que habíamos visto llegar en taxi minutos antes también llevaban disfraces sólo que la mente te filtrará, supongo yo, los detalles que no van con la situación. El caso es que ellas nos fueron empujando prácticamente hacia la puerta, ésta se abrió y detrás de ella apareció Utamara, si bien en ese minuto no sabíamos que era él, y empezó a abrazar y besar a todos, principalmente a las chicas, algunas de las cuales se habían colgado de los brazos de Radko y otras de los míos, como si fuéramos todos grandes amigos, de modo que él no tenía como imaginar que nosotros habíamos llegado hasta allí con la intención de pegarle un balazo en la cabeza. Utamara nos conminó a todos a entrar a lo que llamó "su humilde morada" lo cual era por decir lo menos una exageración pues la casa era cualquier cosa menos humilde. De la vivienda salía ahora un ruido estridente, que me hizo pensar que a lo mejor allí, detrás de toda la joda y el quilombo, estaba la causa de que al japonés lo quisieran eliminar. En el tumulto de abrazos y bienvenidas que nos cayó encima, a Radko no se le ocurrió cosa mejor que pasarle las botellas de Slivovitza a Utamara y el japonés las recibió encantado presentándose "muy agradecido, Utamara, un servidor, para que se fueron a molestar".

La música, el pop-rock según nuestro experto, Radko, sonaba tan alto que lo más bien hubiéramos podido zurcir al japonés a tiros ahí mismo en medio de los abrazos y los apretones de manos y nadie habría escuchado nada. Le pregunté a Radko: a) ¿para qué te bajaste del auto con las botellas de Slivovitza?; b) ¿porqué se las pasaste al japonés que se supone vinimos a matar?. No hubo respuestas y un par de empujones más adelante entré finalmente al salón, allí estaba el núcleo mismo de la fiesta, ahí francamente ardía igual que en un reactor nuclear. Llevaba una chica muy bonita, con cabeza de conejo colgada de un brazo y otra, con cabeza de burro, colgando del otro. Radko iba rodeado por una mujer de gorra y casaca de policía, otra que llevaba una cabeza de lagarto y una tercera aún, de Cleopatra.

Al rato estábamos todos bailando cumbia un minuto, pop-rock el otro y después lo que fuera y el ambiente era de carnaval desenfrenado, suficiente como para impresionar hasta a un asesino a sueldo. Radko bailaba con la chica policia, yo con la cabeza de burro y la coneja al mismo tiempo, Khaled seguía hablando con la rubia platinada que escuchaba de lo más interesada. Seguramente le estaba pasando el rollo de la jihad en la vida íntima de un buen musulmán, pues era el tema que usaba cuando quería enrollar a alguna hembra.

Discretamente, Khaled se acercó a saludar. Nos enteramos que el dueño de casa, Utamara, estaba celebrando su cumpleaños número cuarenta y cinco. De hecho el que más bailaba, bebía, hacía salud con los demás, brincaba, lanzaba alaridos y yeahs a diestra y siniestra era él y su entusiasmo nos contagiaba a todos. Cuando el equipo de repente se puso a tocar "Paint it Black" pensé que el techo de la casa iba a desplomarse, y me puse a gritar yo también en la parte que dice "I see the girls walk by dressed in their summer clothes / I have to turn my head until the darkness goes" y me uní al resto que cantaba ferozmente, así que de repente estábamos Utamara, la burra, el susodicho y la coneja, formando una línea de bailarines tomados de la cintura, dando patadas a compás en el aire al ritmo de los Rolling Stones, en la versión antigua, cuando Brian Jones todavía era parte del grupo. Los demás invitados, por agradar al japonés, fueron haciendo círculo alrededor de nuestros ridículos saltitos, que en ese momento no se sentían absurdos. Es que nada que pensáramos e hiciéramos se sentía mal, eso debe ser la definición de felicidad, sobretodo que poco después alguien -me sospecho que Khaled -puso un compacto con Rachid Taha y la canción “Ya Rayah” (Duerme, amor) que muchos han interpretado, hasta el Goran Bregovic y su gran orquesta gitana de bodas y entierros. En momentos así uno siente la sana alegría y satisfacción de ser un gánster a contrata.

Pasaron cosas esa noche. Bebimos, bailamos, saltamos, nos besamos y nos abrazamos como si fuera la última fiesta del verano en el planeta. Y en algún sentido lo era, por lo menos para Utamara. Ibamos de la cocina a la sala, llevando fuentes de sushi, rollos californianos y sashimi, botellas de saké y fuentes de yakiniku, tiriyaki, u'dong y sopa miso, y toda clase de bebidas. Se comía y se tomaba y, a ratos también, se fumaba. Había un tipo que tenía fama de bravo para traficar sentado por allí, al que yo conocía de vista, de nombre Ardogan, que estaba repartiendo a todos los que quisieran probar. Hacía tiempo que no me topaba con él, pero sabía bien que si él estaba allí no era cuestión de sacar la pistola y empezar a los tiros. Pasa que muchos de estos gánsters llevan una vida tranquila, sin grandes líos, pues la fama que tienen precede a todo lo demás y llega antes que ellos mismos a todas partes. Por eso, mucha de esta gente terminan confundidos con el resto del perraje y suelen morir tranquilos, en una cama de hospital, como cualquier hijo de vecino.

En algún minuto aparecieron en el antejardín un grupo de vecinos furiosos a protestar por la música y Radko, que siempre ha sido la discreción misma pero que esta noche simplemente se había salido de madre, encabezó junto con la muchacha policía a un grupo de partidarios de la farándula y entre todos se dedicaron a insultar a los vecinos y hasta los amenazaron, la chica policía con una pistola de juguete y Radko con un revólver de verdad, calibre 32, de caño corto. Algo más tarde se cortó la luz, o más bien algún chistoso, por entretenerse, cortó la luz, y todos salimos a la terraza a abrazarnos bajo la luz de la luna y algunos se metieron al sauna que tenía Utamara detrás de la casa. Cuando volvió la luz una media hora más tarde buena parte de los asistentes se habían sacado los disfraces y andaban corriendo abrazados, semidesnudos, por el patio y el antejardín. Supe después, que Utamara se había retirado a una de las habitaciones del piso superior con una caja de botellas de champaña y un grupo de admiradoras, de las cuales a esas alturas había varias. A ese grupo se había unido también Ardogan y su maletín con drogas. Entonces me di cuenta que la mujer burro se había dado de baja y había seguido a Utamara cuando lo del apagón. La mujer conejo seguía firme a mi lado.

Una corta reunión con mis colegas en el fondo del patio contó con la que participación de la platinada, la coneja y la policía -en el entusiasmo le había encajado unas esposas a Radko y ahora andaban pegados uno al otro y alegaban haber perdido la llave. Pregunté que pensaban de la situación. Fue la coneja que rompió el silencio para preguntar, como si ella fuera miembro de la pandilla: -¿"Situación, como qué, dices tú?" -"Pasa que trajimos un regalo a Utamara que unos conocidos de Alemania le mandaron y no sabemos si esperar o entregárselo ahora mismo". -"Allí mismo donde lo encontremos", aclaró Radko. Las chicas opinaban que era más choro darle el regalo de inmediato. Radko quería esperar un poco más: -"Es que es bien personal como regalo, saben" explicó a la chica policía. Khaled opinaba que era mejor esperar, incluso hasta otro día." Hay demasiada gente en esta fiesta", dijo en voz alta para que le oyeran las chicas y después agregó, algo más bajo -"no nos alcanzan las balas que trajimos”". Decidí que esperáramos. La chica platinada preguntó de qué se trataba el regalo y Khaled se la llevó del brazo al salón. Escuché que empezaba a darle una segunda versión sobre la jihad, combinada esta vez con el tema de la vida y la muerte en Asia, particularmente en el Japón y sus habitantes. Radko y la chica policía subieron al segundo piso donde sobraban habitaciones desocupadas para buscar la llave extraviada.

La mujer conejo y yo nos quedamos en la terraza, solos, en el medio de la noche, fumando y tomando a tragos de unas botellas de ron hasta que nos pusimos a vomitar, en el pasto, medios intoxicados. Después no sé que más pasó.

Debe haber sido mucho más tarde cuando escuché que alguien en la casa tocaba el piano: la mujer conejo estaba tirada en el prado desnuda desde la cintura para arriba, entre mis brazos y yo la estaba besando muy suavemente, tratando de imaginarme que la amaba. A la luz de la luna su rostro era lo más bello que había ocurrido en mi vida. Era como la contrapartida y continuación de aquel momento único en mi perra vida en que mi madre me llevó, de la mano, hasta la escuela del pueblo y por el camino me contó que el hombre que había sido suyo, mi padre, se había marchado para siempre, con otra mujer. Cubrí con mi vestón, que para peor tenía las solapas manchadas de vómitos, la desnudez de ella y la libré dulcemente de su cabeza de conejo (que era como de papel maché duro pintado) y comencé a besarla tiernamente en los labios, encima de los ojos y en la punta de la nariz. Este minuto fué mágico, creo que puso fin definitivamente a aquel otro, interminable, de mis padres.

Un minuto más tarde, estando sin vestón, me llevé instintivamente la mano al bolsillo trasero del pantalón. Advertí que no tenía más el revólver. Busqué en los alrededores, sin encontrarlo. Estaba en eso, cuando ella se incorporó, asustada. Le ayudé a ponerse la blusa y mientras abrochaba docena y media de botones me sentí como un padre que ayuda a su hija, no como el Alemán que para el caso también es padre, sino mejor, mucho mejor, en fin.

Volvimos abrazados al salón. Me parecía que la había conocido siempre, aunque no sabía su nombre y no me importaba saberlo. Adentro, Utamara el músico estaba tocando el piano y una chica algo ebria y con el vestido manchado de vino pulsaba suavemente las cuerdas de un contrabajo. Los dos acompasaban perfectamente una melodía bellísima, como si siempre la hubieran tocado juntos. En el salón quedábamos una docena de personas. Entre ellos, Ardogan, que se había instalado en una silla tres o cuatro detrás de Utamara y fumaba un cigarrillo trás otro. Con la cabellera negra bien peinada hacia atrás, demacrado y las grandes ojeras se le veía gastado, pero los ojos le brillaban y no daba la sensación de estar cansado. De repente se me ocurrió que Ardogan había venido a matar a Utamara y ahora estaba esperando, pacientemente, a que todos nos fuéramos y el japonés se quedara solo.

El tipo a mi lado dijo que la música era de Umebayashi Shigeru y después, viendo que yo no sabía que contestar, se volvió hacia otro lado y empezó a hablarle a una pareja que escuchaba embelezada al tal Shigeru. De la primera pieza Utamara y la del bajo pasaron a otro tema igualmente hermoso. Entonces se levantó otra de las muchachas y se puso a tocar violín y era como escuchar a un ángel y no a una tía que había estado gritando, aullando y corriendo borracha en calzones por el patio apenas una hora antes. Escuchamos en silencio casi religioso, por lo menos casi religioso para un gánster. Trataba de representarme lo que hubiera pasado si hubieramos encontrado esa noche solos al japonés y las chicas, tocando sus instrumentos y toda belleza que habríamos podido eliminar en unos minutos. Pues a mi me han pagado para matar a un lote de gente (estafadores, jugadores, mafiosos, testigos, carroña, por lo general) pero nunca me ha tocado despachar a un músico. Miré a mi compañera. Por sus mejillas corrían unas cuantas lágrimas. Su rostro se me antojaba ahora aún más bello que antes, cuando la vi a la luz de la luna. Comprendí que no iba a liquidar al japonés esta noche. Me excusé y me levanté para ir al lavatorio. Allí se me juntó Khaled y poco después apareció Radko, sin la mujer policia. Juró, en todo caso, que no le había pegado un tiro.

Radko insistió en que saltáramos por la ventana del baño y nos escabulleramos a la calle antes de que apareciera la policia. La chica policia? le pregunté yo, extrañado. No, la de verdad, dijo él. Con la batahola que se armó aquí esta noche, tienen que aparecer - aseguró - por incompetentes que sean. Khaled estaba de acuerdo y no me quedó más remedio que aceptar. Entonces Khaled me pasó el revólver perdido, me lo había afanado él cuando estaba bailando para evitar que se me cayera o hiciera alguna tontería con el. Les pedí que tomaran ellos el Peugot y dejaran el revólver en la guantera. Les dí las llaves. Khaled me pasó la llave de la bicicleta y empezó a explicarme que el candado era un poco difícil de abrir.

Radko aprovechó para devolverme el sobre. No podía contar con él para matar al japonés. Con Khaled, en cambio, todo depende de la jihad: "es una lucha contigo mismo y nadie más", dijo una vez, "empieza cuando abres tus ojos al mundo hasta que la muerte te los cierra y está en todo ". A mi me pareció que la jihad era algo asi como tener conciencia propia. De todas maneras no me devolvió nunca el dinero, ni yo a él la bicicleta.

Volví al salón. Estuvimos escuchando música con la mujer conejo hasta que amaneció. Fué la noche más hermosa de mi vida. Al amanecer, todo el mundo se había ido, salvo nosotros, Ardogan que seguía fumando sin moverse de su asiento y los músicos. En algún momento, la chica del violín y la del bajo dejaron de tocar, completamente agotadas. Utamara siguió tocando, lentamente, rozando apenas las teclas del piano. A ratos parecía que había dejado de tocar y yo pensaba que se había muerto, de puro cansado, pero después venía otra nota y otra más, de una fuente inagotable. Sin decir palabra, cuando por fin salimos del salón, empujó hacia mi un compacto con los temas de Shigeru que estaba tocando. Ardogan levantó levemente la cabeza como aprobando nuestra partida. Afuera, en la calle, encendí un cigarrillo y lo fumamos yo y la mujer conejo, esperando en silencio hasta que escuchamos de nuevo las notas del piano de Utamara. Le dije al oído: -“tu eres testigo, Utamara sigue vivo y nos vamos de aquí”. Ella se rió, sin entender. Entonces nos fuímos a buscar la bicicleta. Estuvimos un buen rato tratando de abrir el candado de la bicicleta de Khaled, hasta que por fin cedió...

Ella insistió en encaramarse a la bicicleta y partió pedaleando despacio, cargando el disfraz con la cabeza de conejo en la parrilla. Yo caminaba a su lado, fumando sin parar, la cabeza vacía de todo pensamiento. A ratos ella se alejaba, después regresaba tocando la campanilla y riendo, la besaba, ella seguía pedaleando. En algún momento durante la caminata salió el sol. Entramos a Vasastan desde Solna, pasando frente a la escuela militar de Karlberg. Subimos por la pasarela que va por encima de la entrada a las autopistas. Hicimos el tunel que va por debajo de la vía férrea. Ella se paró a mostrarme una colonia de conejos salvajes que se ha avecindado debajo de la pasarela, en un lugar protegido de los perros del barrio. Salimos por fin a Roerstrandgatan y nos detuvimos a tomar desayuno, en un lugar llamado Xoko. Verla beber su café y comer con tanta gana me dió un tremendo placer. Después seguimos al Vasaparken y nos echamos a dormir en el pasto, hasta muy avanzada la tarde.

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