Saturday, August 30, 2008

SARMIENTO, WILDE Y EL NIAGARA


Frente a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile hay una plazoleta que luce un busto de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888). Durante los años 60 hubo varios incidentes limítrofes con Argentina, que exacerbaban el patriotismo de los futuros abogados. En cada oportunidad, los estudiantes salíamos a la calle Pio Nono, provistos de sogas, para sacar el busto de su pedestal y arrojarlo al lecho del río Mapocho, como protesta contra los gobernantes argentinos. Cuando publiqué el post sobre el viaje de Santiago Arcos a Chile, cuyo tramo Nueva York-Valparaíso, lo hizo en compañía de Sarmiento, preferí omitir este recuerdo.

En el relato del viaje de Sarmiento encontré otro pasaje, que quiero compartir con ustedes, que dice relación con su visita a las cataratas del Niágara:

“De Búfalo adelante las obras humanas, ferrocarriles, villas nacientes y plantaciones nuevas, deslucen las sublimes obras de la naturaleza. Desde allí al norte principia el pedazo más bello de la tierra. El río Niágara sale del Erie manso y cristalino, reflejando en sus ondas rododendrotes y encinas entremezcladas, formando a lo lejos lontananzas azuladas de selvas primitivas, bajo cuyas espesuras pueden aun verse los rastros misteriosos del mocasín del indio indómito. Ábrese en dos al formar la gran isla, y recoge luego sus aguas para prepararse al sublime juego de aguas que comienza en los rápidos, y termina en la Cascada. El rumor lejano de este salto portentoso, la neblina que se alza en el cielo de partículas acuáticas, la excitación que causa la proximidad de sensaciones de largo tiempo esperadas y presentidas, traen al viajero desasosegado y acusando de lentitud al tren que lo arrastra. Llégase por fin a Niágara Falls, villa que alimenta la concurrencia de curiosos, desde donde el redoble pavoroso de la caída atruena los oídos, el torbellino de agua se hace mas visible, descollando blanquecino sobre las copas de los árboles; y entre los claros que sus troncos dejan a medida que uno se acerca, divísase contrastando con la opacidad de la enramada sombría, algún pedazo de rápidos, como un fragmento de plata bruñida. Son estos rápidos cascadas subacuáticas en que la enorme masa del Niágara viene despeñándose, sobre un lecho de rocas escarpadas, que no se presentan a la vista, y que dan al agua un blanco marmóreo. Mil trágicas aventuras han ocurrido, desde el cazador indio que distraído un momento por el ardor de la persecución sintióse llevado de la corriente en su frágil piragua, y después de esfuerzos sobrehumanos para resistirla, apuró su calabaza de aguardiente, y de pié con los brazos cruzados se dejó llevar a la catarata, que ni los cadáveres entrega de sus víctimas, hasta los presidarios que apoderados de un vapor, no supieron gobernar y vieron descender la mal dirigida nave a los rápidos y la catarata, sepultándolos para siempre el abismo sin fondo que ha escavado la caída” (1).

Oscar Wilde (1854-1900) expresó una opinión diferente, que, sacada de contexto o citada parcialmente, contribuyó a consolidar su imagen transgresora, al aludir a la felicidad conyugal de las “americanas”. En el artículo “Impresiones de Yanquilandia”, sostuvo:

“El Niágara me desilusionó, cosa que debe sucederle a la mayoría de la gente. Allí acuden todas las recién casadas, y la contemplación de las prodigiosas cataratas representa una de las primeras y seguramente de las mayores desilusiones de la vida conyugal americana. Se ven en malas condiciones, desde muy lejos, y el punto de vista no muestra realmente la magnificencia del agua. Para apreciarla bien hay que situarse abajo, en la caída, y para esto es necesario revestir una piel engrasada y amarillenta y que es tan fea como un impermeable y que creo ninguno de ustedes se pondrá. Resulta un consuelo saber que una artista tan grande como Sara Bernhardt no solo se ha puesto ese ropaje amarillo y feo sino que se ha hecho fotografiar con él.” (2)


(1) Relatos de Viajes. Del sitio de la Biblioteca Nacional Argentina.
(2) Oscar Wilde, “Obras completas”, Aguilar, Barcelona, 1965.

2 Comments:

Blogger esteban lob said...

Me cuesta imaginarte tirando a Sarmiento al agua.

6:04 AM  
Blogger JORGE BRAVO TESSEO said...

Esteban, en realidad, no tiré a Sarmiento al rio, solo su busto. Cuento la historia, para descargar mi conciencia, ya que don Domingo Faustino fue un buen amigo de Chile.

Saludos.

10:10 AM  

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